Mecanismos Subyacentes A La Práctica Del Mindfulness

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Dado que la práctica del mindfulness busca la atención plena y, de alguna manera, también un estado mental de serenidad y claridad, se debe entender qué es lo que sucede en ese paso de un estado a otro y lo que se mueve en el interior.

Normalmente, es difícil lograr ese estado de atención plena porque el sujeto está posicionado en las antípodas. Este estado mental (que suele ser el habitual) recibe diversos nombres: mente de mono, mente errante, mente que cavila, mente que rumia… la mente entendida de este modo se basa en una agitación constante fruto de un diálogo ininterrumpido consigo misma siempre sobre las mismas ideas, cavilando y rumiando, es decir, dando una explicación y luego otra y otra más… La mente situada en este estado trabaja incesantemente sobre las mismas ideas una y otra vez, pero sin llegar a ninguna conclusión óptima que facilite una solución al problema o idea sobre la que está pensando.

Esta mente es la que impide alcanzar el estado de paz mental propio del mindfulness. Como hemos comentado antes, en lugar de centrarse en el aquí y ahora, se preocupa por sucesos pasados y por elementos que no han ocurrido aún, de manera que no puede centrarse en qué está sucediendo exactamente en su mente en el momento presente, que es el punto exacto en el que la vida sucede. Cuando se logra una atención plena o el estado de mindfulness, el sujeto sale de la cavilación y desaparece su ego para fusionarse con la vida y la existencia propiamente dicha.

Según Bishop, para alcanzar el mindfulness, existen dos elementos clave: por un lado, esta lo que llama la instrucción fundamental, consistente en una autorregulación de la atención con el objetivo de mantenerla durante la experiencia inmediata y la meditación. Por el otro, habla de la actitud, considerándola como una orientación particular dirigida a la experiencia propia en el presente, fundamentada en la curiosidad, apertura y aceptación. Estos dos aspectos funcionan como vectores sobre los que practicar la meditación, puesto que la base del mindfulness propugna la simple y llana observación de lo que sucede en el interior. Pero, ¿qué es lo que se puede observar? ¿Cuándo se produce la observación? ¿Qué le ocurre a la mente cuando se observa a sí misma? Para Simón (2011), la solución a estas cuestiones está en entender el contenido de la conciencia, es decir, lo observado, y entender la propia conciencia, es decir, el observador:

  • Lo que se puede observar consiste en el contenido de los cinco sentidos, el contenido de las señales del propio cuerpo, el contenido de la actividad mental (ya sean emociones, sentimientos, pensamientos o intuiciones) y la capacidad de conectar con otras personas (en un sentido amplio).
  • La observación se produce en el momento presente, siempre, puesto que enfocarse en el pasado o el futuro es separarse y huir de la existencia plena y consciente.
  • Lo que le sucede a la propia mente al observarse es una especie de desdoblamiento, puesto que está observándose a sí misma y a lo que le sucede. En consecuencia, el individuo se percata de la existencia de un contenido que observa (lo observado) y de la existencia de una conciencia (el observador). La separación de estos dos elementos en diferentes niveles es algo reciente en la ciencia occidental. No obstante, entenderlos de manera conjunta o separada no afecta a la máxima de observar lo que acontece sin enjuiciarlo.

Así pues, se produce un camino desde la mente que sufre a la mente sana. En este camino, la mente sana es capaz de responder de forma responsable y responsiva porque controla su contenido y es consciente de él. Por el contrario, la mente que sufre es la que hemos definido como en piloto automática, por lo que su respuesta es reactiva y, por ende, no consciente, responsable ni responsiva.

Este camino incluye la aceptación no solo de lo que acontece a la mente, sino de lo que le sucede al cuerpo físico. Estas sensaciones también forman parte del mindfulness en la medida que las sensaciones físicas y la realidad corporal afecta a los estados de ánimo de la mente y a los procesos cognitivos. En este sentido, tanto las sensaciones de bienestar o satisfacción como las de malestar o dolor y sufrimiento se toman en su conjunto en la meditación. Como sabemos, la observación incluye todo lo que sucede en el interior de las personas, por lo que no se puede dejar de lado una fuente de sensaciones tan potente. Siguiendo con la idea del camino hacia la respuesta responsiva, tomar estas sensaciones implica una nueva postura respecto a impresiones como el dolor: puesto que se deben aceptar tal como vienen, el mindfulness permite su plena conciencia, por lo que la posición del individuo hacia esas sensaciones se desplazaría y se aceptaría el dolor como algo inevitable, aunque no una respuesta de sufrimiento o de emociones destructivas hacia él. El mindfulness, pues, sería una gran ayuda para poder vivir con la incomodidad producida por el dolor.

Por otro lado, los mecanismos que se ponen en funcionamiento en el mindfulness pueden entenderse de dos maneras. La primera los entiende como posibilitadores de la propia práctica del mindfulness. La segunda como resultados en sí mismos. Sin importar sobre cuál de las dos nos posicionemos, los principales mecanismos que entran en juego son los siguientes:

  • Exposición. El mindfulness sitúa al sujeto en una exposición plena a los acontecimientos de su mente y cuerpo, sin importar su naturaleza, intensidad o si son sensaciones placenteras o desagradables. La exposición resulta útil en diversas situaciones: con pacientes con dolor crónico, una exposición prolongada a sus propias sensaciones en ausencia de consecuencias adversas les ayuda a reducir la sensibilidad y las respuestas emocionales provocadas por el dolor.
  • Cambios cognitivos. La práctica del mindfulness genera cambios a nivel cognitivo, aunque dependiendo del autor, pueden centrarse en unos aspectos u otros.
  • Autocontrol o autorregulación. Lograr una conciencia de las sensaciones de estrés o dolor ayudan a producir nuevas respuestas con las que afrontar este tipo de sensaciones. Por otra parte, mejora la atención sobre los sucesos cognitivos y emocionales tal como emergen, con lo que se pueden prevenir depresiones o estados mentales no óptimos. Además, al practicar la conciencia plena, aumenta la capacidad de escoger conductas coherentes con las necesidades, valores e intereses del individuo.
  • Aceptación. Este elemento se concibe como componente y como mecanismo de acción de la conciencia plena, puesto que el propio mindfulness puede observarse como práctica y como mecanismo de cambio. De la manera que sea, un pilar central del mindfulness es precisamente la aceptación de las cosas que surgen tal como vienen. La aceptación permite, a otros niveles, más cambios, por lo que el individuo descubre que existen múltiples alternativas ante un suceso cualquiera: no existe una reacción prefijada ni en piloto automático, sino que se puede actuar de forma responsiva.
  • Integración de aspectos disociados del self. Existen aspectos del individuo que, en virtud de una aparente amenaza hacia la pertenencia a un grupo o sociedad, quedan ocultas para él. Algunos autores indican que, durante el desarrollo de los seres humanos, se disocian estos elementos de la experiencia y pasan a un segundo plano en el que no existe conciencia de los mismos. Que estén ocultos no significa que dejen de operar. Al contrario, siguen activos y siguen influyendo en su actividad habitual. Mediante el mindfulness, la toma de conciencia de estos elementos ocultos se hace presente y se integra al resto del sujeto, teniendo una conciencia plena y total.
  • Clarificación de valores y espiritualidad. El paso de la conducta automática a la responsiva y consciente implica una valoración las actuaciones incoherentes que han tenido las personas para empezar a actuar de forma coherente con los valores que tienen. La práctica del mindfulness pone en orden las creencias y la clarificación de los valores respecto de la familia, trabajo, vida…

Licenciado en Historia del Arte y Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctorado en Historia del Arte. Experto en PNL, Coaching, liderazgo, motivación y gestión de equipos.

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